jueves, 9 de julio de 2009

Los límites del mundo



"La Biblioteca de noche" es, como todos los libros de Manguel, un elogio de la lectura. Aunque se centra esta vez en los lugares que cobijan los libros: las bibliotecas, y por extensión, de sus catálogos: “Si una biblioteca es un espejo del universo, un catálogo es entonces un espejo de este espejo”.
Su sueño siempre fue poseer una, y la tiene, el lugar elegido por el autor del Diccionario de lugares imaginarios se llama Le Presbytère y está situado en Mondion, un pueblecito cerca de la ciudad francesa de Poitiers, encaramado en una colina al sur del Loira. Lo que Manguel encontró en esta antigua propiedad de la Iglesia, que perdió sus posesiones después de la Revolución Francesa, era apenas un muro que la separaba de la propiedad colindante. Hoy es una magnífica nave construida en piedra arenisca, contigua a la cual está la propia vivienda del escritor que queda adosada a los muros con vidrieras de la iglesia del siglo XV. Nada más entrar se aprecia que se trata de la biblioteca de un romántico. Salpicados de detalles y complicidades personales, los anaqueles de la biblioteca se distribuyen en dos pisos. El escritor trabaja en el de arriba, asomado a una vista envidiable sobre su jardín: una amplia pradera con abedules, abetos y pinos de diferentes especies. Manguel hace notar cómo se oye el silencio. Y es cierto que en este lugar épico, en cuyo horizonte próximo se encuentran las tumbas de Leonor de Aquitania y de Ricardo Corazón de León, algo hay de esa cualidad de ultratumba. Sobre la entrada un cartel nos dice, cómplice: "Lee lo que quieras" Él ya ejerce el oficio de Calímaco, considerado el primer bibliotecario por haber recibido el encargo de ordenar la Biblioteca de Alejandría, cosa que hizo, emulando las desaparecidas bibliotecas mesopotámicas, siguiendo las reglas del alfabeto, esto es, lo que siempre quiso hacer. ¿Qué más podría pedirse? Cuesta contar todo esto sin sentir un poco de envidia, y no os engañéis, no la hay sana.
El punto de partida de su nuevo libro, La biblioteca de noche, es la pregunta por el sentido del universo, pero ¿por qué esa necesidad de encontrar un sentido?: "Los seres humanos podemos ser definidos como animales lectores. Creemos que el mundo natural hay que descifrarlo. Vivimos en esa paradoja: saber por un lado que este mundo no tiene ningún sentido y preguntarnos el porqué de las cosas". Las respuestas, a Manguel no le cabe duda, están en los libros. Por eso lamenta que hoy el libro no goce del prestigio de otro tiempo: "Las calidades que tiene la tecnología, por razones económicas, son las que nuestra sociedad pone por delante. Hace cincuenta años la biblioteca estaba en el centro de la sociedad, nadie discutía que leer era importante, pero el capitalismo salvaje actual no puede permitirse un consumidor lento. La literatura, en cambio, requiere lentitud, requiere que te detengas, que reflexiones, que nunca alcances una conclusión. Nunca puedes saber si Don Quijote está loco o no. Como sociedad tenemos que decir que el acto intelectual es importante. No puedes pedir a un adolescente que lea cuando le estás diciendo que toda actividad que no te dé una ganancia inmediata y visible es inútil. Creo que no existen seres humanos no lectores. En la sociedad actual es como si fuésemos misioneros de una religión en la que la iglesia central ya no cree".
"Leer siempre ha sido un acto de rebeldía. Primero porque se valora la acción y no la inacción y porque conduce a la reflexión, y eso siempre es peligroso. Y porque a través de la lectura empezamos a conocer quiénes somos. En el futuro, leer será no sólo un acto de rebeldía, sino también un acto de supervivencia. Si como lectores nos resignamos a que nos impidan leer la buena literatura nos vamos a condenar a ser menos humanos. Es un riesgo que, por supuesto, no podemos correr. Ya estamos al borde de la catástrofe porque hemos destruido el mundo natural y ahora estamos haciendo todo lo posible para destruir el mundo intelectual. Hay que actuar ahora. Pero ahora quiere decir hoy"
"Las bibliotecas, ya sea la mía o las que comparto con una mayor cantidad de lectores, siempre me han parecido lugares gratamente disparatados, y hasta donde alcanza mi memoria siempre me ha seducido su lógica laberíntica, la cual sugiere que la razón (si no el arte) gobierna una acumulación cacofónica de libros. Siento el placer de la aventura cuando me pierdo entre estantes atestados de volúmenes con la seguridad supersticiosa de que una jerarquía de letras o de números me conducirá algún día al destino prometido. Durante largo tiempo los libros han sido instrumentos de las artes adivinatorias. «Una gran biblioteca» —observa Northrop Frye en uno de sus muchos cuadernos de notas—, «posee realmente el don de lenguas y un gran potencial para la comunicación telepática.» Bajo el influjo de tan agradables ilusiones me he pasado medio siglo coleccionando libros. Ellos, inmensamente generosos, no han exigido nada de mí, sino que me han ofrecido todo tipo de revelaciones. «Mi biblioteca —escribió Petrarca a un amigo— no es inculta aunque pertenezca a un inculto.» Como los de Petrarca, mis libros saben infinitamente más que yo y les agradezco que incluso toleren mi presencia. A veces creo abusar de ese privilegio. El amor a las bibliotecas, como la mayor parte de los amores, hay que aprenderlo. El que entra por primera vez en una habitación hecha de libros no puede saber instintivamente cómo comportarse, qué se espera de él, qué se promete, qué se permite. Puede verse dominado por el horror —a la acumulación o a la magnitud, al silencio, a la admonición burlona de que es mucho lo que ignora, a la vigilancia—, y parte de esa sensación abrumadora puede seguir aferrada a él una vez aprendidos los rituales y las convenciones, una vez cartografiado el territorio, una vez comprobada la actitud amistosa de los nativos. Con la temeridad de la juventud, mientras mis amigos soñaban con hechos heroicos en el campo de la ingeniería o el derecho, las finanzas o la política nacional, yo soñaba con llegar a ser bibliotecario. La inercia y una mal reprimida afición a los viajes decidieron otra cosa. Hoy, sin embargo, cumplidos los cincuenta y seis años («la edad» —como afirma Dostoyevski en El idiota—, «a la cual puede decirse con razón que comienza la verdadera vida»), he vuelto a ese temprano ideal y, aunque no puedo decir que sea propiamente bibliotecario, vivo entre estanterías cada vez más numerosas cuyos límites comienzan a desdibujarse o a coincidir con los de mi casa. "

martes, 7 de julio de 2009

Un viejo mapa que nos llevó al fin de la Soledad


wolfkid14 en Deviantart


¿Cuántas mañanas habrán pasado
sobre esos párpados cansados?.
¿Cuántas mañanas de rocío en la hierba
y vaho, aire cálido condensado, frente a los labios?
¿Cuántas noches sin luna,
sin olor a laurel lamiendo los huecos de la persiana?
¿Cuántas mañanas sin estrellas en el alba,
y sin compañía o alegría bajo las sábanas?
¿Cuántos amaneceres sin sol en la perspectiva
que del cielo muestra la mañana
lo habrán levantado de desconocidas camas?
¿Cuántas personas se habrán quedado,
extraño ser nacarado, en tu iris atrapadas?
¿Cuánto dolor hay en tu pecho, acallado?
¿Cuánto, que me miras en cualquiera
de las penumbras, de hambre saciadas, y
puedo notarlo bajo tus pestañas?
¿Cuántos labios has mordido en cuántas
lunas llenas?
¿Cuántas veces te han herido, de muerte y
sin piedad, que sólo te quedan agallas?
¿Cuánto no has llorado,
que ahora en mi regazo, te recoges, perdido
o hallado, más que llorando aullando, creyendo ver sobre mi,
estrellas, lunas y, sin sangre ni rabia, todas esas ya olvidadas,
muertas, grises y vacías, mañanas?
¿Cuánto te habrán marcado,
que, con tus labios en mi alma, me has convertido en norte,
cábala, y lucero de las que temes se repitan, mañanas sin alba...

Mordor



Esta noche, extremadamente fría y calma, las laderas del Gorbea rezumaban niebla, una niebla densa que ascendía hasta mezclarse con las nubes bajas cargadas de agua y oscuridad que vienen del norte, de la Bizkaia que mira al mar. El aire olía a humedad y a sal. Se ponía el sol entre estertores rojos y naranjas, quemando el vientre hinchado de las nubes y prendiendo en los jirones fantasmales de niebla que se desprendían de los bosques. Lobo ha sonreído, y ha susurrado: Mordor.
No olería allí a sal y a frío húmedo, lo sé, pero no he podido evitar pensar:
Me hace féliz que estés aquí conmigo. Aquí, al final de todas las cosas, Sam.
Y es ésa la sensación que tengo, que llegan a su fin los días negros.

Lecciones de cotidianeidad


La saga de Charlaine Harris, una vieja conocida ya, ha levantado de nuevo la cabeza entre las listas novedades no sólo por el auje de los vampiros con el éxito indescriptible de Stephanie Meyer y la adaptación cinematográfica de la primera de sus novelas, si no también por que ha llegado hasta nosotros la serie televisiva de sus libros: "True Blood". Una serie dirigida por Alan Ball conocido por la ya famosa "A dos metros bajo tierra", serie que la mayoría tilda de pedante, pesada e innecesaria y que a mi siempre me ha encantado, quizá por ser diferente.
Los vampiros han salido del armario, un nuevo invento japonés True Blood, sustituye a la sangre y ya no "necesitan" matar. ¿Está la cerrada sociedad de Luisiana preparada? Nuestra protagonista, una telépata que ya sabe lo que es la marginación, va a comprobarlo.
La saga de Harris sorprende en muchos sentidos, es cierto que es novela rosa y que hay quizá demasiado sexo, pero los personajes son creíbles y están bien pensados, la trama está bien urdida y todo tiene un punto sórdido que lo convierte en hiper realista, otro punto interesante para una novela rosa que además tiene vampiros. Los vampiros aparecen como seres atrapados por la ferocidad de sus deseos, pero no están torturados, ni son oscuramente deliciosos, ni hablan de la noche o el pecado, rompen con el esquema de vampiro como ser elegante, oscuro, lleno de remordimiento que sólo busca redimirse. Este también es un punto de vista interesante teniendo en cuenta lo que suelen ofrecernos las librerías.
Hay botellas de cerveza vacías en el suelo, gente viviendo en caravanas, cobertizos de mala muerte, falta de dinero, gente muy ignorante y fanática, gente que guarda rencor, envidias, el sur profundo y nada agradable en toda su extensión. La autora es una mujer sincera y valiente. Eso no suele verse ni en las novelas tenidas por literatura. Un sur pobre, ignarente, engreido y plagado de mosquitos, un sitio en el que todo el mundo cobra.
De alguna manera, además, el director lo mejora considerablemente sin apenas cambiarlo, las escenas son como un fresco viviente, no olvidemos que Harris no es una gran escritora, me temo, a pesar de cuanto he dicho. Profundiza en ese ambiente, en lo que ese ambiente hace en la gente, en lo que ese mundo puede darse a sí mismo. La música es muy buena y los actores muy, muy correctos. La serie, he de decir, pese todos mis recelos, mejora los libros.
Así que ya sabéis deseosos de romance: un mucho de amor complicado y muy, muy romántico, algo de sexo tórrido, vívido, curioso y esperado, un poco de romances que se intuyen entre los secunadrios, algo de intriga y unas gotas de terror, que sí que lo hay, para que podamos acercarnos a este tipo de "literatura" sin culpabilidad.

From fear and our gosthies, Good Lord, deliver us!


Estoy lista, espero: Estreno ropa: calcetines, ropa interior, mallas y sudadera, llevo conmigo boligrafo sin estrenar, extraño equipamento, ¿verdad?, y como brújula: un colgante que dicen llamador de ángeles y que confieso haber portado cuando todo se me volvía negro e insoportable alrededor. Lo necesario para esta travesía incierta. Ojalá fuera supersticiosa...
Hoy también necesito suerte.
Espero que esto no sea una costumbre...

lunes, 6 de julio de 2009

Introspecciones


No todo lo que nos ronda por la cabeza es importante, profundo o valioso.
A veces son sólo chorradas.
Hay que aprender a no tomarnos demasiado en serio.

viernes, 3 de julio de 2009

Carpe Noctem!

Negro e inclemente se presenta el futuro. Ominoso. Más negro e informe que la más negra de las noches, sin su belleza, sin su entrega, sin sus cálidas promesas...

Pero no hay que olvidar que tenemos armas, no, no sólo dientes, y uñas y codos y rodillas, y orgullo que nos haga avanzar incluso con el alma destrozada como bandera. No en vano somos las únicas criaturas capaces de soñar estando despiertas.

Si ha de venir, que venga. Podemos estar solos, pero no desarmados
Recordadlo